Evangelio Domingo 1º de Cuaresma - Ciclo A

¿JESÚS? UNO DE LOS NUESTROS
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REFLEXIÓN: En ocasiones nos preguntamos qué quiere Dios de nosotros y comienzan las escusas para seguir haciendo nuestra “santa voluntad” y no la de Dios.
Podemos pensar que Jesús lo tuvo bastante fácil para vivir la vocación a la que el Padre le enviaba, pero olvidamos el texto del evangelio de hoy: Jesús fue tentado.  Y no una, ni dos, sino tres veces.  Fue tentado de hacer “lo que le pidiera el cuerpo”.  Como nos pasa a nosotros.  Pero veamos cómo él es capaz de responder a su vocación.
Es necesario que nos detengamos en este arranque de la vida pública de Jesús, y en su primera tentación: esquivar su vocación, rehusar la misión. Está ahora en el trance de dejarlo todo y dejarse llevar por el Espíritu.


Es una hermosa imagen para nuestro comienzo de Cuaresma. En nuestra vida está siempre el Espíritu invitando a más: a más misión, a ser más hijos. Se nos ofrece un magnífico destino: entregarnos al Reino. Pero la carne es débil, habrá que dejar algunas cosas, muchas cosas quizá. Nos encontramos quizá en la situación de aquel joven rico invitado por Jesús al Reino, y sentimos la gran tentación: retroceder hacia la vulgaridad de nuestra vida, cerrar las alas al Espíritu. En esa misma situación, Jesús cobra fuerzas en la oración. Bajará del monte y no volverá a Nazaret: ha vencido a la tentación y se entregará a la misión.
En este primer domingo de Cuaresma se nos ofrece la oportunidad de contemplar la vocación de Jesús, y nuestra propia vocación. El principio de la vida pública de Jesús, representado en los días vividos en el desierto, nos lleva a pensar que Jesús está buscando la Voluntad de Dios sobre su vida. Buen tema parta reflexionar en Cuaresma. La voluntad de Dios: qué espera mi Padre de mí.
La voluntad de Dios sobre una persona puede encontrarse en un momento de iluminación, en sentir un llamamiento especial, personal. Y puede encontrarse de manera cotidiana, insistente, al modo de la levadura y de la semilla de mostaza. Esto es fruto de la oración, de la contemplación de Jesús, del contacto con el evangelio, que siempre se traduce en una llamada a caminar, a seguir a Jesús más de cerca.
La cuaresma es un tiempo de intensificación. Y desde luego, en la oración: hacer tiempos excepcionales, hacer huecos a la oración, retirarse como Jesús a contagiarse del evangelio, de los criterios y valores de Jesús, dejarse afectar por la fascinación de Jesús, hacer silencio para que se oigan mejor sus palabras.

Y si esa intensificación no termina con la Cuaresma, sino que se hace costumbre... mejor que mejor. Que estos cuarenta días sean tiempo de gracia, tiempo de salvación, tiempo de Dios.

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Hna.Mª Dolores Morillas Fernández.
hna.mdolores.lapresen@gmail.com

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